La célebre "Crítica del Programa de Gotha" tiene una importancia suma para nuestro debate. Además de la lección práctica que nos da su autor sobre el "deber" del individuo de oponerse al colectivo en determinados momentos, también aparece en el pequeño y muy denso texto una de las más brillantes y profundas exposiciones de Marx sobre la dialéctica de las relaciones del individuo con el colectivo en una sociedad comunista: "En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la división del trabajo intelectual y manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!".
Antes de este párrafo, Marx ha analizado las limitaciones insalvables de la sociedad en transición, su necesidad de aplicar el derecho burgués que mide por igual a personas desiguales. Ser desigual no es ser inferior o superior: cada una de ellas tiene diferente constitución física, capacidad intelectual, personalidad propia y condiciones familiares diferentes. Ocurre que el limitado desarrollo económico impide que la sociedad aplique baremos desiguales a personas desiguales. Por eso el lema es de que cada cual aporte según sus capacidades pero reciba según su trabajo. Se mantiene así una clara diferencia pues la medición del trabajo no parte ni de las capacidades ni de las necesidades, sino del derecho burgués aún vigente por la debilidad de las fuerzas económicas. Sin embargo, el comunismo no busca la uniformidad de las personas: no es como el lecho de Procusto que corta las extremidades a los grandes y estira a la fuerza a los pequeños, hasta igualarlos a todos. Al contrario, gracias a una inmensa superioridad económica, establece una ágil dialéctica entre los individuos con múltiples relaciones personales de modo que estos aportan al colectivo según sus capacidades y reciben de él según sus necesidades.
Desde luego que aquí debiéramos bucear en lo que Marx entiende por "capacidad" y "necesidad", pues su teorización se enfrenta en todo a la concepción burguesa al respecto, mas no podemos hacerlo. Tenemos el ejemplo de la lectura crítica que hace Marx del significado ideológico y del valor normativo que tiene Robison Crusoe para la burguesía. Para Marx es imposible la existencia real de Robinson, es más, su existencia ilusoria sólo demuestra la irresoluble escisión burguesa entre el individuo Robinson y el llamado por éste Viernes, que es tratado desde el principio como mero instrumento pasivo carente de su propio nombre, para devenir con el tiempo, una vez "civilizado", siervo feliz en su alienación: su deshumanización es la base de su docilidad. La felicidad y riqueza de Robinson se sustenta en la miseria real humana de Viernes, que no en su desarrollo personal pues ello hubiera supuesto su independización personal práctica. La lección es que en la sociedad burguesa es imposible la dialéctica del desarrollo personal y colectivo a no ser que sea mediante la destrucción de esa sociedad.
Antes de pasar al siguiente apartado, podemos resumir lo anterior en seis pinceladas básicas: en primer lugar, Marx plantea la dialéctica del desarrollo personal y colectivo desde el principio de la totalidad, es decir, existe una realidad única en la que se mueven contradictoriamente partes integradas sistémicamente en ella, nunca independientes ni incomunicadas. No se puede entender al individuo al margen de la colectividad, pero ésta no existiría sin individuos. La totalidad tiene sus fuerzas impulsoras que actúan por dentro suyo y también dentro de los individuos; lo que ocurre es que esas fuerzas se presentan de modos diferentes y bajo formas diversas según las partes de la totalidad. Conocerlas, aprehender sus tendencias evolutivas e incidir sobre ellas para orientarlas en tal o cual sentido, es una necesidad consciente de los individuos o inconsciente de la totalidad. Si por lo que fuera, esa necesidad no se satisficiese, la totalidad social, la sociedad o colectivo concreto caminaría hacia el caos y se precipitaría en su autoextinción.
En segundo lugar, esa totalidad siempre en movimiento está corroída por contradicciones que pueden llegar a ser antagónicas e irreconciliables. Los individuos llevan en sí mismos esas contradicciones y su vida personal es la lucha consciente por superarlas o la miseria alienada inconsciente por seguir plegados a ellas. A escala colectiva sucede otro tanto pero con niveles superiores de tensión y aspereza. Pero dentro de esa totalidad hay jerarquías de poder, intereses de dominación, mecanismos de obtención de beneficio gracias a la explotación. Cuando la desalienación individual, el desarrollo libre, crítico de la persona, choca con el poder establecido, surge con todo dramatismo el problema de la violencia del oprimido como respuesta a la del opresor, anterior y fundante. Pero ese individuo nunca se emancipa en solitario porque no existen los robinsones. Su toma de conciencia siempre tiene contenido y continente colectivo por muy difusa, dispersa y diseminada que sea la resistencia colectiva. Los sorpresivos estallidos sociales llamados espontáneos, formalmente impredecibles, responden de hecho a esa latente fusión constituyente entre el desarrollo individual y el colectivo.
En tercer lugar, el individuo multiplica sus potencialidades creativas gracias a una inserción compleja, no exenta de tiranteces y roces, con el colectivo. El individuo es tanto más rico y pleno cuanto más aporta al colectivo. Pero aportar y dar es un proceso que lleva en un momento dado a pedir y a necesitar del colectivo. Esta parte de la dialéctica es extremadamente delicada aunque decisiva. Un colectivo que sólo pide, absorbe, chupa y bebe de sus miembros individuales, sin darles ni enseñarles nada a cambio, no tarda en entrar en crisis y desaparecer. Su futuro depende de los flujos multidireccionales de enriquecimiento mutuo, global e interactivo. Cuando ese fluir vital se debilita por lo que fuera, el individuo tiene el deber de criticarlo y denunciarlo constructivamente al precio incluso de quedar en minoría. Se debilita el flujo cuando el colectivo toma rumbos que el individuo sabe erróneos y perjudiciales, o no está a la altura de las necesidades del momento. Llegando a ese punto, la convicción del individuo se agudiza mediante la práctica y desemboca en la decisión tajante de la crítica. Los colectivos más enfrentados a la opresión no pueden dormirse o equivocarse porque está en juego la vida de sus miembros y la del propio colectivo, bajo los golpes represores. Esos colectivos son los más necesitados de individuos militantes siempre atentos a corregir errores y a despertarse de somnolencias peligrosas.
En cuarto lugar, la práctica revolucionaria es la expresión más coherente del desarrollo personal-colectivo. Lo es porque la superación de las trabas objetivas es imposible sin la superación simultánea de la alienación y de las cadenas subjetivas. El desarrollo personal se mueve siempre dentro de los márgenes sociales objetivos y subjetivos. La objetivación del sujeto, su exteriorización mediante el trabajo, no llega a la alienación mas que cuando aparece la división del trabajo y sobre ésta, la propiedad privada y, por último, sobre ésta, la generalización de producción de mercancías. Son determinaciones estructurales que marcan la totalidad social imposibilitando que el desarrollo individual pueda salirse de ellas. Subjetivamente, el individuo puede creerse libre en su absoluta soledad eremítica. Objetivamente, su alienación le impide cualquier desarrollo personal pues esa libertad parte de la negación de todos sus vínculos relacionales. Quienes creen desarrollarse insertándose en colectivos llamados apolíticos no saben que cercenan su naturalidad social, eminentemente política. Quienes creen que el desarrollo personal consiste en aceptar la dominación burguesa se hunden más en su alienación. Quienes se entregan a dioses reniegan de ellos mismos.
En quinto lugar, ya que praxis, el desarrollo personal y colectivo no se agota en el capitalismo sino que crece conforme la sociedad supera sus trabas estructurales. La alienación pervive en el socialismo bien porque no se superen las cadenas burguesas; bien porque surjan otras nuevas; bien, sobre todo, por ambas razones. El individuo debe enfrentarse al problema con más decisión aún que lo hizo durante el capitalismo. La deshumanización en el socialismo es más dañina que la del capitalismo. Su ahondamiento impulsa el retorno del dominio burgués en un trágico retroceso histórico. Aparece aquí, desnudamente, la globalidad plena de la dialéctica colectivo-individuo en su forma ciega e inconsciente, no como guía de emancipación sino como corporeización de fantasmas. Durante la transición del capitalismo al comunismo, período en el que las llagas abiertas no se cubren con vendas ideológicas, con falsas conciencias, la praxis desalienante adquiere su máxima responsabilidad. La especie humana se ha atrevido a apropiarse de sí, de su futuro y a crear ella su destino. Es un pecado que las fuerzas irracionales del pasado no perdonan.
En sexto lugar, ya que la alienación y a consecuencia suya, el falso desarrollo personal y las relaciones individuo-colectivo como relaciones entre cosas, es el tránsito del valor de uso al valor de cambio, la mercantilización en suma, la desalienación consiste en la desmercantilización, la recuperación de las relaciones de personas en vez de entre cosas. El dominio del tiempo es aquí una conquista prioritaria. Arrancar segundos al tiempo de trabajo para devolverlos al tiempo propio, al ser humano, es la forma material de medir la desalienación. Utilizar las relaciones personales como soporte solidario para aumentar el tiempo propio individual y colectivo, es enriquecer la totalidad humana. El tiempo propio es aquél durante el cual la persona puede desplegar sus potencialidades creativas globales por que no está cansada psicosomáticamente, no está sujeta a presiones exteriores ni cadenas interiores, no debe dedicar ese tiempo propio al descanso y recuperación del cansancio causado por el tiempo de trabajo. El tiempo propio es enemigo mortal del consumismo compulsivo, del analfabetismo funcional e ignorancia artística. Es el tiempo de la creatividad. La política del tiempo propio es la política revolucionaria propiamente dicha. Mas con la desalienación histórica el tiempo propio perderá su carácter político actual, condicionado por la mercancía, para elevarse al rango de tiempo humano.